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¡Vamos a ser Padres!

Esta noticia trae consigo muchos sentimientos encontrados, sin importar que lo estuviéramos buscando o que sea algo sorpresa. Partiendo del hecho de que fue algo planificado, muchas veces los sentimientos tienden a confundirnos, ya que si se anhelaba tanto, entonces por qué no estoy plenamente feliz, por qué hay dudas ahora, este era el mejor momento o debimos esperar más?

 De esto poco se habla, tanto en los artículos como con los relacionados, porque podemos sentirnos juzgados, pero para tranquilidad de los padres primerizos, es una sensación completamente normal, ya que este es uno de los roles más importantes que vamos a desarrollar como personas.

Quiero hacerlo perfecto, no quiero cometer los mismos errores que cometieron conmigo, quiero que mi hijo sea sano, independiente, feliz, qué debo hacer y qué no hacer en la crianza. Son preguntas que todos los primerizos tienen y miedos que solo desarrollando el papel  de padres podrán ir superando.

Uno de los anhelos de los padres es que sus hijos sean niños independientes, seguros de sí mismos, felices, abiertos, con una buena relación consigo mismos y con los que lo rodean. Para poder lograr esto, tenemos que hablar del apego, que es la relación que establece el infante con sus cuidadores primarios desde que está en el vientre de la madre y es lo que va a establecer el patrón de relaciones que va a desarrollar durante toda la vida con las figuras cercanas.

Regularmente el estilo de apego que hemos formado nosotros como padres en nuestra infancia, es el que le vamos a transmitir a nuestros hijos. Existen tres tipos de apego, el apego seguro, el inseguro que se clasifica en ansioso o evitativo y el apego desorganizado. El apego sano, es el seguro, lo ideal es poder contar con el conocimiento para poder así desarrollarlo con los hijos.

Este vínculo se trabaja desde la gestación, donde los padres mostrando una actitud positiva ante el bebé, no con acciones concretas, solo con, pensarlo, sentirlo, nombrarlo, imaginar cada padre como va a ser la relación que va a establecer con él, es un primer paso.   

Se ha visto que el primer contacto con la madre, desde que el bebé nace es indispensable para ir trabajando este vínculo, es la primera cita a ciegas donde el enamoramiento es algo seguro. Las primeras horas de vida, el cuerpo del recién nacido está en un estado de alerta, lo que le permite que el establecer ese contacto con la madre sea más fácil, el contacto piel a piel hace que se sienta seguro.

Si la madre ha decidido amamantar se inicia lo que es la lactancia temprana, la cual se trabaja en el mismo momento del alumbramiento, donde el niño debe ser puesto en el pecho desnudo de la madre y  cuando lo limpien le dejen las manos con el líquido amniótico, ya que esto va a hacer que el recién nacido asocie el olor del vientre con el olor de su madre, y se ve que está preparado para ir moviéndose hasta el pezón de la madre y sin intervención de nadie comenzar a mamar. Es importante recalcar que esto requiere tiempo, y que como madres, lo ideal es leer más sobre el tema y pedirle tanto al ginecólogo, como al pediatra que al momento de dar a luz se le permita ese primer encuentro y no se lleven al niño enseguida a la guardería.

Pudiera venir la pregunta si el bebé necesita incubadora por el frío, estudios han comprobado que la mejor incubadora que pudiera tener un recién nacido es el contacto piel a piel con la madre, el cuerpo de la misma, está preparado, para poder determinar la temperatura del recién nacido y enfriarse o calentarse de acuerdo a la necesidad del mismo.

Es común escuchar que a los niños hay que “educarlos” desde pequeños y que por eso de noche hasta que se “acostumbren” se debe dejar llorar para que sepan que la noche es para dormir. GRAN error! Los bebés no tiene consciencia de lo que es la noche o el día, el llanto es la única forma de mostrar que tiene un malestar. El mundo para ellos es un lugar desconocido, al igual que su propio cuerpo.

Cuando tiene hambre, sueño, cansancio, no sabe lo que es, solo siente un malestar sin nombre, y es el adulto, que a través del conocimiento que va teniendo del niño, va aprendiendo por la forma de llorar qué le pasa, por lo que debe ponérselo en palabras, “Estas sucio, por eso lloras”, y el este bebé va a ir creando en su mundo interior que esa sensación X tiene un nombre, pero sobre todo, que mamá o papá, son capaces de entenderlo y remediarlo. Si lo dejamos llorando no se acostumbran, solo entienden que el mundo es un lugar atemorizante, donde nadie me puede ayudar y no sirve de nada llorar y me rindo con mis angustias sólo ante él.

La base de que un niño establezca un apego seguro es esa, la disponibilidad física y emocional de mis figuras primarias, en donde en la etapa inicial me brinden soporte, consuelo, puedan entender y calmar mis angustias y ansiedades, pudiendo diferenciarlas de las suyas como adultos. Si el infante llora y mamá se desespera, creamos angustia, en cambio si la madre es capaz de diferenciar que su angustia no es por mí (bebé) y que tiene la capacidad ella misma de calmarlo, este se sentirá seguro.

Cuando el niño está más grande y comienza a explorar el mundo, y los padres le permiten hacerlo sin proyectar sus miedos e inseguridades, sirviendo como base segura de exploración, permitiéndole equivocarse entendiendo que a partir del ensayo y error es que se aprende, donde dejo que intentes cosas nuevas, si veo peligro te advierto y te enseño, donde sí se percibe frustración le ayudo a buscar soluciones y no lo “arreglo yo”, esto va a crear un vínculo seguro, que hará que el niño sea confiado.

Lia Biaggi Sangiovanni

Psicóloga Clínica

Especialista en Psicoterapia de Niños y Adolescente

Centro Vida y Familia de Ana Simo  

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