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Cuando los bebés desplazan a sus padres


La llegada de un pequeño puede suponer un cambio en los roles familiares.

 

Nace el primer bebé y la familia se revoluciona. La llegada de un hijo es una de las experiencias más importantes en la vida del ser humano, llena de desafíos y responsabilidades. El bebé llega a un sistema ya establecido, como es la pareja, y lo cambia por completo, pero muchas veces, más allá de formar una imagen familiar, puede provocar algunos problemas en la relación de sus padres.

A veces, la madre se entrega de tal manera a su bebé que el padre, que antes tenía un papel importante dentro de la casa, se ve absolutamente relegado e, incluso, ninguneado, eso sin hablar de las relaciones sexuales que pueden pasar a ser inexistentes...

Así le sucedió a Jorge, que después de tener a su hija Marta, sintió que sobraba. «Tras la ilusión de las visitas y de terminar de re-instalarnos en casa, mi vida dio un vuelco. Yo era el tercero en discordia. No contaba para nada. Mi mujer se convirtió en una leona entregada y yo pasé a último término. Pensé que duraría unos meses, pero pasado el año tuve que sentarme a hablar con ella seriamente. Ya ni siquiera se arreglaba y no quería ni que la tocara». Pero las cosas cambiaron «gracias a la ayuda de mi suegra, que se dio cuenta de todo y se puso de mi parte y tras varias conversaciones muy serias conseguimos retomar nuestro matrimonio».

 

Lo cierto es que la llegada de un hijo trastoca. La mujer está más cansada, la lactancia es muy esclava y agotadora, las hormonas campan a sus anchas y provocan cambios de humor, el cuerpo no es el que era... y ante esta situación al hombre le toca ser paciente, pero no puede serlo eternamente.

Cuidar la pareja

Desgraciadamente esta es una historia que se repite con bastante frecuencia. Las mujeres sacan su instinto de protección con las crías y olvidan al que ha sido su compañero hasta el momento, pero esto se puede convertir en un tremendo error. Así lo explica la psicóloga Ana Pérez: «Es normal que al principio las mujeres desarrollen un fuerte instinto de protección y de pertenencia con el bebé, pero tienen que reconducir esta situación. El niño es de los dos progenitores y, antes de nada, la mujer eligió al hombre. Hay que reservar un espacio para seguir siendo una pareja, no convertirse exclusivamente en madre».

Por ello, es importante que la pareja recobre su intimidad. «Después de la cuarentena y cuando la mujer ya se encuentre más fuerte y recuperada, las relaciones sexuales pueden suponer que se rescate el vínculo entre la pareja y que incluso, éste se refuerce», recalca Ana Pérez.

Pero no hay que forzar, el canal vaginal se ha visto sometido a un gran estrés, y a algunas mujeres les puede costar recuperar su vida sexual. A veces, sin embargo es el hombre el que siente reparos para ello. En cualquiera de los casos «hay que hablarlo y tratar el tema con infinito cariño y delicadeza para que ninguno de los dos se sienta herido» dice la psicóloga.

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Ella no estaba enferma, la enferma era yo: mi batalla contra la ansiedad posparto

Va a coger un resfriado y no podrás hacer nada.

Está durmiendo con hambre, despiértala.

Va a dejar de respirar en su sillita del coche, siéntate detrás con ella.

La van a raptar, no salgas de casa.

 
No puedes quedarte sola con ella porque no sabrás cómo protegerla.

Se va a poner enferma, se va a poner enferma, ¡se va a poner ENFERMA!

Pero la enferma no era ella: era yo. Sigo siendo yo. Padezco ansiedad posparto.

¿Alguna vez has tenido una pesadilla que parecía real? Vivir con ansiedad posparto es una pesadilla que nunca termina, gira en espiral y no para de crecer. Es la sensación de caerse en un sueño sin un lugar en el que aterrizar, pero en la vida real.

 

Las primeras dos semanas después del parto son una montaña rusa hormonal conocida como depresión posparto. Es normal llorar sin motivo y quedarse mirando y admirando a tu bebé durante horas. Es normal sentir que se te rompe el corazón en pedazos cuando tu bebé está en la otra punta de la habitación e incluso es normal echarlo de menos aunque lo tengas en brazos; sentir que no está lo suficientemente cerca de ti solo porque ya no estáis conectados. Los temores, aunque a veces sean irracionales, son normales. Los pensamientos intrusivos también forman parte del proceso de conocer a tu bebé recién nacido y las hormonas que llegan con él. Pero, si estos temores empiezan a gobernar tu vida, te distancias de la gente que te quiere o tus pensamientos intrusivos empiezan a maquinar planes para escapar de todo, tu depresión es más seria y deberías pedir ayuda.

 
Es normal sentir que se te rompe el corazón en pedazos cuando tu bebé está en la otra punta de la habitación e incluso es normal echarlo de menos aunque lo tengas en brazos.

Había oído hablar de la depresión posparto, pero sentía que con eso no me era suficiente. Aunque en esos momentos sentía que no me merecía esta maravillosa vida, no estaba deprimida: me aterrorizaba absolutamente todo. ¿Cómo iba a merecerme vivir un amor tan profundo si hace solo dos años estaba segura de que jamás tendría hijos? Estaba convencida de que algo me la arrebataría, de que mi tiempo con ella se acababa. Mis miedos nos encerraron como prisioneras en nuestra propia casa, nuestro espacio de seguridad. Sentía la necesidad de cogerla en brazos y salir corriendo para que nada ni nadie pudieran hacerle daño. Ir al supermercado ya no era una simple tarea: se me presentaba como una trampa mortal.

Durante su primer mes de vida, no le cambié ni un solo pañal ni la vestí. Estaba tan obsesionada con cuidarla que me había autoconvencido de que la rompería en pedazos si la movía demasiado. Su primer baño fue una pesadilla. Aunque no había ninguna razón lógica ni un solo indicio de peligro, me quedé ahí quieta mirando, sintiéndome indefensa y sollozando. Mi cerebro creaba imágenes de enfermeros que querían ahogar a mi hija, darle un golpe en la cabeza o dejarla caer. Después, lágrimas y autodesprecio. Cuando por fin me atreví a vestirla, me di cuenta de mi torpeza, mi poca delicadeza y el hecho evidente de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

Esta diminuta personita a quien quiero más de lo que puedo llegar a comprender se merecía confianza, aplomo e instintos maternales, unas cualidades de las que yo carecía. Me sentí inútil. Habría estado en mejores manos con su padre. Su transición hacia la paternidad fue elegante y pasmosa.

Al principio negaba tener un problema, pero empecé a darme cuenta cuando no permitía a nadie que no fuese su padre cogerla en brazos.

No quise bañarla yo sola hasta que tuvo casi tres meses. Ella sintió mi incomodidad. Fue la primera y única vez que lloró durante un baño. Yo también lloré, y no un par de lágrimas: a moco tendido. La imagen de la mujer destrozada, sentada en el suelo del baño, deseando que venga su madre al rescate y al mismo tiempo quedarse a solas con su bebé siempre estará grabada a fuego en mi mente.

Pese a lo agotador que podía resultar mi miedo a bañarla, no tiene comparación con el miedo aplastante que tengo a que se enfríe, por inevitable que sea. Me siento capaz de ver gérmenes, me los imagino como bichitos arrastrándose por su piel después de haber estado en algún sitio público y lo único en lo que pienso es en darle un baño. Curiosa y puntualmente, mi cerebro ha escogido este momento de mi vida para empezar a ver noticias de niños llenos de úlceras, muriendo de enfermedades erradicadas y haciendo resurgir mi tendencia hipocondríaca.

Al principio negaba tener un problema, pero empecé a darme cuenta cuando no permitía a nadie que no fuese su padre cogerla en brazos. Me encaré con mi madre porque quería cogerla y hasta pedía a los demás que se lavaran para desinfectarse antes de acercarse a ella. Me di cuenta de que no podía seguir ignorando mis temores durante más tiempo fingiendo que eran miedos de madre primeriza, como el día en que le lavé las manos a mi pequeña de dos meses en el lavabo de la consulta del médico mientras, ingenua de mí, trataba de convencer a mi médico, mi novio y a mí misma de que no me pasaba nada.

Me costó dos semanas, dos visitas más al médico, días de pensamientos intrusivos y lloros incontrolables hasta que me di cuenta de la gravedad de mi problema: necesitaba ayuda. Algo que apartara mi ansiedad para dormir y me hiciera despertar de nuevo feliz. Empecé un tratamiento con medicación hará dos meses y he notado una gran diferencia en mi comportamiento, mi confianza y mi forma de afrontar mis miedos.

Esta enfermedad mental no ataca cuando es un buen momento o cuando la persona que la padece está sola. De hecho, mis últimos episodios han sido delante de mi familia, amigos y desconocidos. Aunque me sentí avergonzada, no tardé en reafirmarme en mi idea de que esta enfermedad no me define. Quienes me conocen no se enfadan conmigo cuando dudo, lloro o me cuestiono todo lo que pasa, sino que se preocupan y se muestran comprensivos.

Para que la pequeña esté sana, la madre tiene que estar sana. Habrá cambios cuando nazca el bebé, pero no debes dejar que se apoderen de tu vida. Ser madre da vértigo, pero no tienes por qué vivir aterrorizada.

Mi pequeña, al final, se enfrió y tuvo tos durante dos días... Ahora está bien, y yo también.

Este blog fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Canadá y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Jessyka Gagnon

Madre, aventurera, amante de los animales, criminóloga

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La fotografía de un padre y su hija durante una rabieta que nos recuerda lo importante que es nuestra reacción

Tener hijos es una experiencia como ninguna otra. Nos trae cosas maravillosas, alegrías y sentimos el corazón desbordar de amor. Pero parte de la experiencia de ser padres es también vivir y enfrentarnos a momentos que no siempre suelen ser lo que esperamos, como un berrinche o rabieta.

¿Qué hacemos ante ellos? ¿Cuál es la mejor manera de actuar ante uno? Una imagen de un padre y su hija durante un berrinche se ha hecho viral por la lección que nos deja acerca de la paternidad y la paciencia.

Justin Baldoni es un actor estadounidense que es padre de una pequeña de casi dos años llamada Maiya. El actor compartió recientemente en su página de Facebook una imagen en la que aparecen él, su padre y Maiya durante una rabieta de la pequeña en pleno supermercado.

En la imagen podemos ver como ambos hombres permanecen tranquilos y en silencio mientras Maiya está tirada en el piso pataleando. El mensaje que escribe Justin y que acompaña la imagen es lo que la ha convertido en viral, debido a que nos recuerda una importante lección sobre las rabietas: de nuestra manera de reaccionar dependerá cómo nuestros hijos pasan y maduran esta etapa de berrinches.

"Emily tomó esto en Whole Foods. Es ahora una de mis fotos favoritas mía y de mi padre", es una de las líneas que dice el actor al principio de su mensaje.

"Dos hombres, de pie juntos en silencio, para siempre unidos por un amor incondicional entre ambos y esta alma nueva, cruda y pura, por la que iríamos hasta el fin del mundo. Solo puedo imaginar cuántas veces yo hice esto cuando tenía la edad de ella. Mi padre me enseñó mucho acerca de lo que significa ser un hombre, pero esta publicación es acerca de una cosa solamente. Estar cómodo en lo incómodo. Algo que yo crecí viéndolo a él hacerlo conmigo una y otra vez."

¿Cuántas veces no nos hemos sentido incómodos u observados cuando nuestros hijos hacen un berrinche en público? Sin duda hay padres a los que no les importa mucho lo que puedan pensar otras personas, pero también importa la manera en cómo reaccionamos con nuestros hijos cuando esto sucede.

"No hay padres perfectos, pero una cosa que mi padre me enseñó es a no ejercer mi paternidad basándome en lo que piensen los demás", continúa Justin.

"Mi papá siempre me dejó sentir lo que yo necesitaba sentir, incluso si era en público y era algo vergonzoso. No le recuerdo nunca diciéndome '¡Me estás avergonzando!' o '¡No llores!'. No fue sino hasta hace poro que me di cuenta lo primordial que fue esto para mi propio desarrollo emocional. Nuestros hijos están aprendiendo y procesando tanta información y ellos no saben qué hacer con todos estos sentimientos que comienzan a aparecer."

Es en este punto de su mensaje cuando nos recuerda algo muy importante que quizás por la presión del tiempo o del lugar en donde estemos podemos olvidar: los berrinches no son fáciles para nosotros ni para nuestros hijos.

Podemos llegar a cuestionarnos por qué actúan así, por qué no comprenden lo que les decimos, por qué lo hacen a pesar de que les explicamos las cosas una y otra vez. Pero esto es normal y es parte de su desarrollo emocional. Son la manera en cómo ellos están aprendiendo a expresar sus emocione y frustraciones. Así como cuando eran bebés se comunicaban a través del llanto, los berrinches son una manera de decirnos que algo les sienta mal.

"Trato de recordarme de asegurar que mi hija sepa que está bien que ella sienta profundamente. No es vergonzoso para mí cuando ella tiene una rabieta en un supermercado o grita en un avión. Soy su padre... no el de ustedes. No nos avergoncemos por nuestros hijos. Eso no se refleja en ti. De hecho... probablemente deberíamos ser más amables y pacientes con nosotros mismos también. Si expresáramos y sacáramos todo lo que sentimos y nos permitiéramos a nosotros mismos tener berrinches y llorar cuando sentimos la necesidad de hacerlo, quizás entonces podríamos también permitirnos sentir más alegría y felicidad. Y eso es algo que este mundo definitivamente podría tener un poco más."

Además de que no sólo nos recuerda que las rabietas son parte del proceso natural de evolución y maduración de nuestros hijos, también nos vuelve a dejar en claro algo: lo que piensen los demás no deberá definir la manera en cómo criamos a nuestros hijos.

Y se refiere específicamente a que no intentemos reprimir o hacer callar pronto nuestros hijos solo por lo que puedan pensar los demás o porque nos echan alguna mirada desaprobatoria. Concentrémonos en lo que es verdaderamente importante: apoyarles a través de ese berrinche, ayudarles a identificar qué es lo que sienten y por qué lo sienten.

Algo que hizo notar una persona en los comentarios y que al igual que ella también me encantó es cómo nadie los esta viendo o señalando. Es una imagen en la que claramente vemos la mejor manera de lidiar ante el berrinche de otro niño: sin juzgarle.

Porque no sólo importa cómo reaccionamos como padres, sino también cómo lo hacemos siendo solo espectadores. Recordar que aunque nosotros sabemos cómo actuar en público, los niños apenas están aprendiendo a hacerlo.

Evitemos esa mirada desaprobatoria. Para un niño puede ser un mensaje fuertemente negativo, y en vez de aprender a conocer y entender sus emociones, podrían comenzar a reprimirlas, en lugar de tener un sano desarrollo emocional.

La realidad es que siempre en algún lugar habrá un niño pasando por una rabieta o berrinche. No juzguemos a los padres, ni nos juzguemos a nosotros mismos cuando nos encontremos en esa posición. Recordemos ser pacientes y tener siempre presente que solo es una etapa.

¿Cómo reaccionas ante los berrinches de tus hijos?

Vía | Upworthy

Fuente: Bebes y más.

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