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El adulto: clave para que el niño aprenda a manejar sus emociones

Hoy en día todos sabemos que las emociones y los sentimientos son importantes ¡están de moda!  

Hubo una época pasada en la que esto no era así, pero gracias a los avances de la ciencia se ha podido demostrar que las emociones nos influyen y que por lo tanto deben de ser tenidas en cuenta. Cada vez más en las aulas, en la literatura infantil… se va hablando de emociones y sabemos que una persona adulta emocionalmente segura es capaz de utilizar sus sentimientos como una guía para conocerse a sí mismo, para adaptarse a las situaciones y responder de la forma más adecuada, para relacionarse con los demás…

Y que no saber gestionar adecuadamente las emociones y los sentimientos no sólo nos puede afectar en nuestras relaciones interpersonales, sino que puede llegar a provocar deficiencias  en nuestro sistema inmunitario porque los sentimientos producen cambios fisiológicos en nuestro sistema nervioso, endocrino… en nuestros pensamientos que nos pueden hacer susceptibles al estrés, a la depresión… y otras enfermedades.

Como padres, como profesores, sabemos de esa importancia pero

¿Cuál es la clave para lograr que nuestros pequeños lleguen a ser adultos emocionalmente seguros?

La clave, la tienes tú.

El entorno en el que crece un bebé y las personas que con él se relacionan influyen en cómo este puede ir construyendo su mundo emocional. Y esa construcción empieza desde el primer momento, desde que el bebé llega al mundo.

¿Qué está en nuestra mano?

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MANEJAR NUESTROS PROPIOS SENTIMIENTOS

Si el adulto sabe manejar sus propios sentimientos de forma positiva, podrá relacionarse positivamente con el niño, reconocer los sentimientos de este, sus necesidades, ayudarlo. Si el adulto no sabe manejar sus propias emociones, mucho menos conseguirá acompañar las de los otros.

INTERACCIONAR CON EL BEBÉ para el desarrollo cerebral

El cerebro del ser humano va madurando de abajo hacia arriba, de adentro hacia afuera y de detrás hacia adelante. Esto es importante para comprender a nuestros bebés y niños. La parte emocional del cerebro es de las primeras en madurar (esta parte estaría situada en el centro del cerebro) por eso los niños pequeños son tan impulsivos y emocionales. Pero las zonas que sirven para autorregularse, para pensar las emociones, para empatizar, para poder afrontar las experiencias emocionalmente dolorosas como las separaciones… zonas de lo que solemos denominar “inteligencia emocional” se sitúan en la parte frontal del cerebro y más externa, es decir, tardan mucho más en madurar. Por ejemplo, la corteza órbito frontal no empieza a desarrollarse hasta el segundo año de vida y no lo hace sola, sino que NECESITA el contacto con otro ser humano para hacerlo. Situaciones tan naturales como cogerlo en brazos, disfrutar con el bebé, interaccionar con él… favorecen el desarrollo del cerebro del bebé.

TACTO, VISIÓN

Acariciar al bebé, tenerlo en brazos, mirarlo… desarrolla también el cerebro emocional más primitivo del bebé, el que se encuentra en la parte interior.  Coger al bebé en brazos no sólo no lo malacostumbra, sino que entre otras cosas, desarrolla su cerebro emocional.

ATENDER A LAS NECESIDADES Y DEMANDAS DEL BEBÉ

El recién nacido humano nace inmaduro, no conoce de espacio ni de tiempo, se comunica mediante el llanto y todavía no sabe que es un ser separado a su madre. Es dependiente y necesita al adulto para sobrevivir. El bebé no sabe si vive en una selva o en un piso, si cerca tiene lobos o carece de peligros, así que luchará con los recursos que tiene por estar acompañado. Tampoco puede anticipar sus necesidades, ni demorarlas en el tiempo, eso lo aprenderá mucho más adelante. Así que cuando el bebé se sienta amenazado (lejos de su figura de referencia) o necesite algo, se dispararán dentro de su organismo una serie de sustancias, como es por ejemplo el cortisol, la hormona del estrés, que a su vez condicionará que otras neuronas que segregan dopamina y endorfina cesen de segregarlas y desaparezcan los sentimientos placenteros… El tipo de experiencias que viva el bebé con sus adultos de referencia (si le atienden rápido o si le dejan llorar para “que se acostumbre”…) determinará cuáles serán sus niveles bioquímicos “normales”.

“Cuando nosotros regulamos nuestros estados emocionales, estamos también regulando nuestros niveles de hormonas y de neurotransmisores”  Sue Gerhardt.

PONER NOMBRE A LOS SENTIMIENTOS

El niño sobre los 2 años de edad, gracias al desarrollo de su inteligencia, adquiere la función simbólica y una mayor capacidad de lenguaje. Es importante que ayudemos al niño a poner nombre a sus sentimientos para que pueda construir un vocabulario emocional. Así podrá identificar las diferentes emociones, diferenciarlas y manejarlas mentalmente, de forma simbólica, consciente, sin necesidad de estarlas experimentando.

Este es el objetivo de todos esos cuentos que nos encontramos hoy en día en el mercado, pero como vamos viendo, es sólo una pequeña parte de todo el aprendizaje emocional.

SINTONIZAR, REGULAR

Un bebé o un niño pequeño no pueden regular por sí solos sus estados emocionales, como hemos visto el desarrollo cerebral necesario ocurre tarde y necesita del contacto social para llevarse a cabo, necesitan por lo tanto un adulto que sintonice con el niño y le ayude a regular esas emociones. Un niño llorando solo en una rabieta hasta que deja de hacerlo por cansancio, no ha aprendido a regular nada, así como tampoco ha aprendido a ser más empático un niño en el rincón de pensar.

FAVORECER LA DEPENDENCIA PARA LOGRAR LA INDEPENDENCIA

Si nos remontamos a la historia de nuestra especie, nos damos cuenta de lo dependientes que son nuestros bebés, pero esta dependencia es totalmente necesaria para el desarrollo adecuado y saludable de nuestras crías. Es el “precio que tenemos que pagar” por andar a dos patas y tener un cerebro con corteza cerebral,  tan importante para nuestro sistema emocional. Este sistema necesita su tiempo, su espacio, necesita relacionarse con las personas que le cuidan y cuando estas necesidades han sido cubiertas, el niño comienza a avanzar hacia su autonomía, pero cuando está preparado, no antes. Forzar una independencia en momentos en los que el niño todavía necesita ser dependiente, no beneficia, sino que ralentiza mucho más los procesos normales y naturales.

Aunque es cierto que la sociedad en la que nos ha tocado vivir influye, el ritmo de vida, las exigencias laborales, diferentes teorías de crianza… y a veces no podemos hacer las cosas como nos gustaría, DAR el TIEMPO y el ESPACIO a las emociones es un buen regalo que podemos dejar a nuestros hijos.

Laura Estremera Bayod

Maestra de audición y lenguaje, Técnico superior en educación infantil, autora de Criando.

Página de facebook:  https://www.facebook.com/actividadesparaguarderia

Blog:  www.actividadesparaguarderia.blogspot.com

Puedes descargarte mi libro Criando gratuitamente:  http://www.bubok.es/libros/245841/CRIANDO

Gerhardt, S. (2008) El amor maternal. Albesa, Barcelona

Bowlby, J. (1989) Una base segura: aplicaciones clínicas de una teoría del apego. Paidós ibérica. Barcelona.

Collado, P; Guillamón A; (2016) Psicología fisiológica. UNED, Madrid.

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Cuando los bebés desplazan a sus padres


La llegada de un pequeño puede suponer un cambio en los roles familiares.

 

Nace el primer bebé y la familia se revoluciona. La llegada de un hijo es una de las experiencias más importantes en la vida del ser humano, llena de desafíos y responsabilidades. El bebé llega a un sistema ya establecido, como es la pareja, y lo cambia por completo, pero muchas veces, más allá de formar una imagen familiar, puede provocar algunos problemas en la relación de sus padres.

A veces, la madre se entrega de tal manera a su bebé que el padre, que antes tenía un papel importante dentro de la casa, se ve absolutamente relegado e, incluso, ninguneado, eso sin hablar de las relaciones sexuales que pueden pasar a ser inexistentes...

Así le sucedió a Jorge, que después de tener a su hija Marta, sintió que sobraba. «Tras la ilusión de las visitas y de terminar de re-instalarnos en casa, mi vida dio un vuelco. Yo era el tercero en discordia. No contaba para nada. Mi mujer se convirtió en una leona entregada y yo pasé a último término. Pensé que duraría unos meses, pero pasado el año tuve que sentarme a hablar con ella seriamente. Ya ni siquiera se arreglaba y no quería ni que la tocara». Pero las cosas cambiaron «gracias a la ayuda de mi suegra, que se dio cuenta de todo y se puso de mi parte y tras varias conversaciones muy serias conseguimos retomar nuestro matrimonio».

 

Lo cierto es que la llegada de un hijo trastoca. La mujer está más cansada, la lactancia es muy esclava y agotadora, las hormonas campan a sus anchas y provocan cambios de humor, el cuerpo no es el que era... y ante esta situación al hombre le toca ser paciente, pero no puede serlo eternamente.

Cuidar la pareja

Desgraciadamente esta es una historia que se repite con bastante frecuencia. Las mujeres sacan su instinto de protección con las crías y olvidan al que ha sido su compañero hasta el momento, pero esto se puede convertir en un tremendo error. Así lo explica la psicóloga Ana Pérez: «Es normal que al principio las mujeres desarrollen un fuerte instinto de protección y de pertenencia con el bebé, pero tienen que reconducir esta situación. El niño es de los dos progenitores y, antes de nada, la mujer eligió al hombre. Hay que reservar un espacio para seguir siendo una pareja, no convertirse exclusivamente en madre».

Por ello, es importante que la pareja recobre su intimidad. «Después de la cuarentena y cuando la mujer ya se encuentre más fuerte y recuperada, las relaciones sexuales pueden suponer que se rescate el vínculo entre la pareja y que incluso, éste se refuerce», recalca Ana Pérez.

Pero no hay que forzar, el canal vaginal se ha visto sometido a un gran estrés, y a algunas mujeres les puede costar recuperar su vida sexual. A veces, sin embargo es el hombre el que siente reparos para ello. En cualquiera de los casos «hay que hablarlo y tratar el tema con infinito cariño y delicadeza para que ninguno de los dos se sienta herido» dice la psicóloga.

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Convivir con un niño hiperactivo en verano: rutina flexible y mucha atención

A los menores con TDAH no les beneficia perder unos hábitos más o menos estructurados, aunque estén de vacaciones.

 

El verano es muy largo y los niños y adolescentes tienen mucho tiempo libre para dedicarse a no hacer nada y disfrutar. Durante tres meses desconectan del colegio y las obligaciones, pierden los hábitos de la rutina escolar y gestionan su momento sabático «vagueando» todo lo que pueden. Pero hay casos excepcionales a los que no beneficia la pérdida de contacto con una rutina más o menos estructurada. Es el caso de los niños que sufren Trastorno de Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH), para los que el verano es un momento estupendo para hacer cosas excepto nada.

Aunque este trastorno les perjudica principalmente en el entorno educativo por la exigencia de atención y concentración –que en casi la totalidad de los casos afecta a su aprendizaje–, también impacta en el contexto social en el que se desenvuelven, especialmente durante la adolescencia, un período en el que es probable que amplíen su círculo de amistades y se relacionen con todo tipo de personas. ¿Han de tomar los padres precauciones específicas en estos casos?

Los adolescentes con TDAH pueden adoptar conductas de riesgo durante el verano por su inquietud e impulsividad

«Los adolescentes con TDAH pueden adoptar ciertas conductas de riesgo durante el verano: es el momento en el que suele darse el primer contacto con el alcohol y otras sustancias», explica Javier Quintero, psiquiatra y director de Psikids. Hasta aquí, su comportamiento no difiere del de cualquier adolescente. «El problema es que son muy impulsivos e inquietos» y pueden «caer» con más facilidad en la ingesta de tóxicos. Para evitarlo, Quintero advierte a los padres que es «importantísimo observarlos» porque aunque en la mayoría de los casos el tratamiento no trasciende más allá de la escuela, «cuando el trastorno se circunscribe a la conducta, esa inquietud e impulsividad pueden ser peligrosas».

Rutina laxa, pero rutina

 

Dejar al menor relajarse hasta el punto de dedicarse exclusivamente «a lo que le da gana» desanda, según el experto, el camino que lleva todo el curso avanzando y al intentar recuperarlo puede tener «serias dificultades». Quintero afirma que «cuando un niño sin TDAH vuelve al colegio hay un pequeño esfuerzo de adaptación al cambio de ritmo, pero si padecen déficit de atención e hiperactividad los obstáculos son mayores». Pueden vivirlo con una gran sensación de ansiedad. «Por la propia autoexigencia y por la presión del entorno: si no se adapta en los tiempos habituales –una o dos semanas– los profesores no lo aceptan porque lo que el niño debería hacer difiere de lo que hace».

«Lo ideal es que se les planifique el verano de forma que por las mañanas puedan hacer algo –leer, practicar deporte...– que les mantenga activos cognitivamente; y el resto del tiempo, que hagan lo que tienen que hacer los niños en esta época: jugar y disfrutar», aconseja Quiñonero. «Lo que no tiene sentido es que su tiempo esté por completo estructurado y atado a una disciplina férrea, pero sí deben dejar espacio a mantener su cerebro activo y a relacionarse con otros niños».

No hay una fórmula inequívoca para plantear una rutina de un niño con TDAH en verano, pero el psiquiatra sí distingue qué actividades le pueden ser más beneficiosas, como los campamentos de verano o unas vacaciones en el pueblo, y cuáles menos, como las clases de apoyo académico que pueden parecer engañosamente favorables para cogerle el ritmo a la vuelta al colegio.

Si no le interesa, no sirve

El experto mantiene que el campamento de verano es una idea interesante para estos niños, pero que no vale cualquiera. Los padres deben hacerse las preguntas: ¿para qué y por qué? «Hay que preguntarles qué les gusta. ¿El fútbol? Pues le vendrá genial un campamento de fútbol. Le motiva, disfruta y va a sacar partido». Si la decisión ha de quedar en manos de los padres, entonces que se aproveche el campamento para intentar recuperar o compensar algunas de las dificultades del niño. «Necesitamos que aprenda inglés. Pues a un campamento de inglés», ejemplifica el psiquiatra.

Clases particulares en vacaciones: proyectar fuera del colegio las dinámicas que se trabajan dentro no es una idea positiva

No es sin embargo demasiado partidario de las clases particulares porque «proyectar fuera del colegio las dinámicas que se trabajan dentro no es una idea positiva. En el verano hay que aprender otras cosas, que además pueden servir en muchos casos para reforzar las bases del aprendizaje evitando que repitan una y otra vez lo mismo. Para conseguir cosas diferentes hay que hacer cosas distintas». «Para estos chavales aprender no es divertido, porque se les da mal, y a nadie le gusta hacer aquello que se le da mal. La academia es una metodología muy similar a la del colegio. No puede ser. Tenemos que hacerles entender que aprender puede ser divertido, y el verano es una muy época para buscar alternativas interesantes», asegura. «Incluso irse al pueblo con sus abuelos y hacer amigos es una dinámica más enriquecedora».

 

Lo que sí aconseja Quintero es «organizar mejor los tiempos conforme se vaya acercando el final del verano», e incuso reforzar la actividad cerebral con ejercicios de estimulación cognitiva. Recomienda «tareas con tabletas que permiten que el niño trabaje sobre un estímulo cognitivo orientado, porque están adapotados como si fuera un juego y consiguen además que el niño ejercite la atención».

Dice también que a veces es tan sencillo como dedicar tiempo a la lectura... Lo importante es que «no pase de estar en bañador y chancletas al aula, porque es un cambio muy brusco, y si a un niño sin trastorno TDAH le cuesta un mundo, a ellos les va a costar un mundo y medio».

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