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Ella se empodera… ¿y yo qué hago….?

Ella se empodera… ¿y yo qué hago….?

 

Irene García Rodríguez

Psicóloga, Terapeuta Individual de parejas y familia.

Especialista en violencia Intrafamiliar.

Centro Vida y Familia Ana Simó

 

 

Si bien es cierto que los procesos de empoderamiento de la mujer han requerido de muy importantes cambios en cuanto a las atribuciones y el desempeño de los roles tradicionales de esposa y ama de casa, no menos cierto es que necesariamente eso ha exigido también transformaciones simultáneas a la vida de su pareja y del resto de los integrantes del grupo familiar.

Tanto en la consulta psicoterapéutica como fuera de ella muy frecuentemente observo  dificultades individuales o en la dinámica de las relaciones de la pareja que sugieren de manera significativa tensiones asociadas a conflictos no resueltos en esta área.

Aunque las mujeres en general parecemos haber experimentado poca o ninguna duda en el momento de incorporarnos entusiasta y eficientemente a cualquier espacio académico o laboral; no parecemos tan seguras, sintiéndonos en más de una ocasión ansiosas y culpables,  a la hora de delegar muchas de aquellas funciones de la vida hogareña que por siglos constituyeron nuestro patrimonio exclusivo. A la par de sentirnos muy cargadas de responsabilidades y en oportunidades hasta quejarnos a viva voz de ello, es posible que demasiadas veces acabemos soltando muy poco y agotándonos con la autoexigencia de satisfacer tanto nuestros roles extrafamiliares como la mayor parte de los tradicionales.

Entre los hombres nunca faltan aquellos rancios representantes del machismo más ortodoxo que se expresan acerca del tema con un sarcasmo despreciativo que no logra ocultar una profunda preocupación. Pero aún entre los más comprensivos y solidarios, no es extraño detectar en alguna medida frustración relacionada con el incumplimiento de aquella expectativa tradicional de la buena esposa y madre siempre allí para su familia, atenta y dispuesta. Parecen algunas veces confusos, sobre todo en cuanto a qué y cómo incorporarse a la nueva participación que de ellos se espera y muestran seguir conceptuando tal participación mucho más como “yo te ayudo” que, como esperamos que sea, algo así como: “yo me comprometo contigo, de igual a igual,  en la tarea de llevar adelante esta familia y esta casa”.

Pero aunque todos nos reconozcamos aún en un tránsito a tropezones en esta vía de desarraigo de nuestros papeles tradicionales en la familia, tenemos que reconocer una diferencia muy importante que afecta particularmente al factor motivación: mientras que por muchos obstáculos que hayamos encontrado, para nosotras el cambio mantiene una connotación de avance y logro personal; para ellos la percepción del mismo, en lo que les concierne, es de pérdida.

La primera razón de ello es obvia. Desde una posición de privilegio nunca imaginaron, necesitaron, desearon ni lucharon por un cambio que igualara los derechos de la mujer a los suyos propios.

Por otra parte, el proceso de “hacerse hombre” por el que debió atravesar cualquier muchacho en nuestra cultura se basó en  adquirir una noción de su propio valor establecido a partir de una diferenciación de la mujer, a quién se le enseñó a devaluar y a considerarla inferior e incapaz de desenvolverse en los espacios sociales en los que a él correspondía moverse, debido a lo cual debía ser excluida  de los mismos y relegada al ámbito doméstico, asumiendo dogmáticamente que por ley natural era su único destino posible la entrega a la familia y a la casa.

Procediendo de muchas generaciones de venerables antepasados que asumieron con confianza ciega esas creencias hoy  definitivamente desacreditadas, no es de extrañar que todavía aun los más evolucionados de nuestros cónyuges puedan, cuando se encuentran en situación de incorporar más modalidades de participación doméstica, verse presa de angustia al  ser invadidos  por ancestrales mensajes que en su lúcida mente de hombres de hoy se expresan como una duda profunda que, aunque no se atrevan a confesar, más o menos expresaría algo así como: ¿..Y no pareceré una mujercita haciendo esto…?...

Pero tal vez la razón más importante debido a la cual ellos pueden sentir que el necesario ajuste a los cambios que manifiesta su compañera los ubica en situación de pérdida, sea que no se han dado cuenta  de cuánto pueden ganar con ello.

Los estereotipos de género, que durante tanto tiempo diferenciaron, polarizaron y naturalizaron lo que significaba ser hombre y ser mujer, nos despojaron a ambos de la libertad de expresar importantes aspectos de nuestra condición humana. A nosotras se nos forzó a exilar de nuestras vidas cualquier iniciativa de autosuficiencia y a mostrarnos siempre afectuosas, dulces, débiles y sumisas, so riesgo de parecer malas mujeres y, lo que era peor, perder el marido u otro objeto de dependencia en una sociedad que no nos permitía otro destino. A ellos se les impuso la exhibición permanente, entre otros rasgos, de fortaleza, temple, control de sus afectos y dominio en las relaciones como evidencia de hombría cabal. So riesgo de perder el prestigio asociado a su género y, sobre todo, el poder.

Esa desigualdad de poder que definió la relación entre las personas de ambos sexos fue por mucho tiempo rigurosamente replicada en cada grupo familiar, dentro del cual cada hombre priorizó entre las atribuciones de sus roles de esposo y padre el encargarse de preservar la rigidez de aquella jerarquía que hacía del hogar su pequeño reino y de la esposa e hijos los súbditos irremediablemente sujetos a la discrecionalidad de su trato. Con pocas y honrosas excepciones ellos cedieron a la tentación del autoritarismo, estableciendo con el resto de sus familias vínculos de dominio-sumisión que cerraban el paso a la posibilidad de relaciones cercanas y cálidas. Los resultados de las investigaciones que hoy en día intentan explicar los fenómenos de la violencia intrafamiliar han concluido  que la producción de los mismos guarda estrecha relación con esa modalidad funcional, representativa de la dinámica familiar tradicional.

El empoderamiento de la mujer, malinterpretado a veces por personas desinformadas como ambición desmedida de mando por nuestra parte, no alude a otra cosa que a la aspiración de que cada mujer, desarrollando plenamente sus potenciales, se haga dueña y señora de sí misma y su destino. En el plano social esta aspiración se orienta al trato igualitario con los hombres y por parte de los representantes de todas las instituciones sociales.

En este contexto, volviendo a la reflexión anterior sobre lo que puede ganar el hombre de hoy, que se ve inevitablemente involucrado en los procesos de cambio de la mujer con quien convive, lo primero que viene a mi mente es el inmenso alivio que puede ser subsecuente a la convicción de dejar a un lado la perentoria necesidad de ser y parecer quien manda,  por una parte, y de ser y parecer muy hombre en el sentido tradicional, por la otra. Dejando de ser reo de los mismos prejuicios que pretendieron justificar sus privilegios se me ocurre deslumbrante su ganancia al acudir al encuentro consigo mismo y empezar a reconocerse como persona total y no como estereotipo. Y es desde esta nueva experiencia de la multidimensionalidad de la propia identidad que pueden manifestarse dos condiciones inherentes a la capacidad de establecer relaciones interpersonales capaces de generar felicidad para sí mismo y para los otros: la humildad y la empatía, impensables en el mundo afectivo de los autoritarios.

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