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Importancia de la educación financiera en los niños

 

El ahorro es la base de la educación financiera. Trabajar en tus hijos este hábito le perimitrá alcanzar sus metas y ser libre e independiente económicamente en el futuro

Enseñar a tus hijos desde temprana edad a controlar sus finanzas, les garantizará un futuro con muy buena estabilidad económica, permitiéndole cierta holgura para, bajo planificación presupuestaria, lograr más rápido los objetivos propuestos.

¿Por qué es tan importante que nuestros hijos se relacionen adecuadamente con los temas financieros?

Porque a traves de una debida formación ellos podrán integrar a sus vidas de manera integra y natural los temas financieros y lejos de ser tabú será parte de su día a día. La cultura financiera es el conjunto de valores, creencias, actitudes y normas compartidas, que dan forma al comportamiento y expetativas de cada uno de los miembros de la sociedad, frente a la administración del dinero.

Algunos de los efectos que este proceso produce en ellos son, entre otros:

  • Lograr su empoderamiento para obtener un cambio positivo de conducta
  • Están preparados para manejar más y mejores herramientas e información
  • Están preparados para participar de manera proactiva en una cultura financiera

Principales ventajas de educar financieramente nuestros hijos:

  • Permite un uso más efectivo de los productos y servicios que existen en el mercado financiero
  • Los prepara para enfrentar tiempos económicos difíciles
  • Estar preparados para los años de “Vacas Flacas”
  • Ayuda a que se mejore la eficiencia y calidad de los productos y servicios financieros
  • Refuerza aquellas conductas que son básicas para mantener un adecuado balance en el presupuesto
  • Permite el apoyo al sustento familiar, ayuda al crecimiento económico, contribuye a robustecer el sistema financiero y a reducir la pobreza

La educación financiera es un proceso educativo, a través del cual, las personas (en este caso los hijos) logran adquirir y desarrollar las competencias financieras para:

  • Comprender y aplicar los conocimientos y conceptos financieros básicos
  • Administrar las finanzas personales y familiares
  • Demandar y evaluar de manera crítica las diferentes opciones financieras
  • Tomar las decisiones financieras más saludables
  • Lograr un mejor bienestar material y contribuir con la estabilidad del Sistema Financiero
  • Responder de manera adecuada a los eventos económicos de la vida
  • Planear con confianza sobre las necesidades financieras futuras
  • Saber donde acudir en busca de ayuda financiera

Mientras más informados y educados estén tus en el manejo adecuado del dinero más exitosa será su vida financiera cuando sean adultos.

Pamela Pichardo, coach financiera

Fuente: revistamidinero.com.do

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Cuando los bebés desplazan a sus padres


La llegada de un pequeño puede suponer un cambio en los roles familiares.

 

Nace el primer bebé y la familia se revoluciona. La llegada de un hijo es una de las experiencias más importantes en la vida del ser humano, llena de desafíos y responsabilidades. El bebé llega a un sistema ya establecido, como es la pareja, y lo cambia por completo, pero muchas veces, más allá de formar una imagen familiar, puede provocar algunos problemas en la relación de sus padres.

A veces, la madre se entrega de tal manera a su bebé que el padre, que antes tenía un papel importante dentro de la casa, se ve absolutamente relegado e, incluso, ninguneado, eso sin hablar de las relaciones sexuales que pueden pasar a ser inexistentes...

Así le sucedió a Jorge, que después de tener a su hija Marta, sintió que sobraba. «Tras la ilusión de las visitas y de terminar de re-instalarnos en casa, mi vida dio un vuelco. Yo era el tercero en discordia. No contaba para nada. Mi mujer se convirtió en una leona entregada y yo pasé a último término. Pensé que duraría unos meses, pero pasado el año tuve que sentarme a hablar con ella seriamente. Ya ni siquiera se arreglaba y no quería ni que la tocara». Pero las cosas cambiaron «gracias a la ayuda de mi suegra, que se dio cuenta de todo y se puso de mi parte y tras varias conversaciones muy serias conseguimos retomar nuestro matrimonio».

 

Lo cierto es que la llegada de un hijo trastoca. La mujer está más cansada, la lactancia es muy esclava y agotadora, las hormonas campan a sus anchas y provocan cambios de humor, el cuerpo no es el que era... y ante esta situación al hombre le toca ser paciente, pero no puede serlo eternamente.

Cuidar la pareja

Desgraciadamente esta es una historia que se repite con bastante frecuencia. Las mujeres sacan su instinto de protección con las crías y olvidan al que ha sido su compañero hasta el momento, pero esto se puede convertir en un tremendo error. Así lo explica la psicóloga Ana Pérez: «Es normal que al principio las mujeres desarrollen un fuerte instinto de protección y de pertenencia con el bebé, pero tienen que reconducir esta situación. El niño es de los dos progenitores y, antes de nada, la mujer eligió al hombre. Hay que reservar un espacio para seguir siendo una pareja, no convertirse exclusivamente en madre».

Por ello, es importante que la pareja recobre su intimidad. «Después de la cuarentena y cuando la mujer ya se encuentre más fuerte y recuperada, las relaciones sexuales pueden suponer que se rescate el vínculo entre la pareja y que incluso, éste se refuerce», recalca Ana Pérez.

Pero no hay que forzar, el canal vaginal se ha visto sometido a un gran estrés, y a algunas mujeres les puede costar recuperar su vida sexual. A veces, sin embargo es el hombre el que siente reparos para ello. En cualquiera de los casos «hay que hablarlo y tratar el tema con infinito cariño y delicadeza para que ninguno de los dos se sienta herido» dice la psicóloga.

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Ella no estaba enferma, la enferma era yo: mi batalla contra la ansiedad posparto

Va a coger un resfriado y no podrás hacer nada.

Está durmiendo con hambre, despiértala.

Va a dejar de respirar en su sillita del coche, siéntate detrás con ella.

La van a raptar, no salgas de casa.

 
No puedes quedarte sola con ella porque no sabrás cómo protegerla.

Se va a poner enferma, se va a poner enferma, ¡se va a poner ENFERMA!

Pero la enferma no era ella: era yo. Sigo siendo yo. Padezco ansiedad posparto.

¿Alguna vez has tenido una pesadilla que parecía real? Vivir con ansiedad posparto es una pesadilla que nunca termina, gira en espiral y no para de crecer. Es la sensación de caerse en un sueño sin un lugar en el que aterrizar, pero en la vida real.

 

Las primeras dos semanas después del parto son una montaña rusa hormonal conocida como depresión posparto. Es normal llorar sin motivo y quedarse mirando y admirando a tu bebé durante horas. Es normal sentir que se te rompe el corazón en pedazos cuando tu bebé está en la otra punta de la habitación e incluso es normal echarlo de menos aunque lo tengas en brazos; sentir que no está lo suficientemente cerca de ti solo porque ya no estáis conectados. Los temores, aunque a veces sean irracionales, son normales. Los pensamientos intrusivos también forman parte del proceso de conocer a tu bebé recién nacido y las hormonas que llegan con él. Pero, si estos temores empiezan a gobernar tu vida, te distancias de la gente que te quiere o tus pensamientos intrusivos empiezan a maquinar planes para escapar de todo, tu depresión es más seria y deberías pedir ayuda.

 
Es normal sentir que se te rompe el corazón en pedazos cuando tu bebé está en la otra punta de la habitación e incluso es normal echarlo de menos aunque lo tengas en brazos.

Había oído hablar de la depresión posparto, pero sentía que con eso no me era suficiente. Aunque en esos momentos sentía que no me merecía esta maravillosa vida, no estaba deprimida: me aterrorizaba absolutamente todo. ¿Cómo iba a merecerme vivir un amor tan profundo si hace solo dos años estaba segura de que jamás tendría hijos? Estaba convencida de que algo me la arrebataría, de que mi tiempo con ella se acababa. Mis miedos nos encerraron como prisioneras en nuestra propia casa, nuestro espacio de seguridad. Sentía la necesidad de cogerla en brazos y salir corriendo para que nada ni nadie pudieran hacerle daño. Ir al supermercado ya no era una simple tarea: se me presentaba como una trampa mortal.

Durante su primer mes de vida, no le cambié ni un solo pañal ni la vestí. Estaba tan obsesionada con cuidarla que me había autoconvencido de que la rompería en pedazos si la movía demasiado. Su primer baño fue una pesadilla. Aunque no había ninguna razón lógica ni un solo indicio de peligro, me quedé ahí quieta mirando, sintiéndome indefensa y sollozando. Mi cerebro creaba imágenes de enfermeros que querían ahogar a mi hija, darle un golpe en la cabeza o dejarla caer. Después, lágrimas y autodesprecio. Cuando por fin me atreví a vestirla, me di cuenta de mi torpeza, mi poca delicadeza y el hecho evidente de que no tenía ni idea de lo que estaba haciendo.

Esta diminuta personita a quien quiero más de lo que puedo llegar a comprender se merecía confianza, aplomo e instintos maternales, unas cualidades de las que yo carecía. Me sentí inútil. Habría estado en mejores manos con su padre. Su transición hacia la paternidad fue elegante y pasmosa.

Al principio negaba tener un problema, pero empecé a darme cuenta cuando no permitía a nadie que no fuese su padre cogerla en brazos.

No quise bañarla yo sola hasta que tuvo casi tres meses. Ella sintió mi incomodidad. Fue la primera y única vez que lloró durante un baño. Yo también lloré, y no un par de lágrimas: a moco tendido. La imagen de la mujer destrozada, sentada en el suelo del baño, deseando que venga su madre al rescate y al mismo tiempo quedarse a solas con su bebé siempre estará grabada a fuego en mi mente.

Pese a lo agotador que podía resultar mi miedo a bañarla, no tiene comparación con el miedo aplastante que tengo a que se enfríe, por inevitable que sea. Me siento capaz de ver gérmenes, me los imagino como bichitos arrastrándose por su piel después de haber estado en algún sitio público y lo único en lo que pienso es en darle un baño. Curiosa y puntualmente, mi cerebro ha escogido este momento de mi vida para empezar a ver noticias de niños llenos de úlceras, muriendo de enfermedades erradicadas y haciendo resurgir mi tendencia hipocondríaca.

Al principio negaba tener un problema, pero empecé a darme cuenta cuando no permitía a nadie que no fuese su padre cogerla en brazos. Me encaré con mi madre porque quería cogerla y hasta pedía a los demás que se lavaran para desinfectarse antes de acercarse a ella. Me di cuenta de que no podía seguir ignorando mis temores durante más tiempo fingiendo que eran miedos de madre primeriza, como el día en que le lavé las manos a mi pequeña de dos meses en el lavabo de la consulta del médico mientras, ingenua de mí, trataba de convencer a mi médico, mi novio y a mí misma de que no me pasaba nada.

Me costó dos semanas, dos visitas más al médico, días de pensamientos intrusivos y lloros incontrolables hasta que me di cuenta de la gravedad de mi problema: necesitaba ayuda. Algo que apartara mi ansiedad para dormir y me hiciera despertar de nuevo feliz. Empecé un tratamiento con medicación hará dos meses y he notado una gran diferencia en mi comportamiento, mi confianza y mi forma de afrontar mis miedos.

Esta enfermedad mental no ataca cuando es un buen momento o cuando la persona que la padece está sola. De hecho, mis últimos episodios han sido delante de mi familia, amigos y desconocidos. Aunque me sentí avergonzada, no tardé en reafirmarme en mi idea de que esta enfermedad no me define. Quienes me conocen no se enfadan conmigo cuando dudo, lloro o me cuestiono todo lo que pasa, sino que se preocupan y se muestran comprensivos.

Para que la pequeña esté sana, la madre tiene que estar sana. Habrá cambios cuando nazca el bebé, pero no debes dejar que se apoderen de tu vida. Ser madre da vértigo, pero no tienes por qué vivir aterrorizada.

Mi pequeña, al final, se enfrió y tuvo tos durante dos días... Ahora está bien, y yo también.

Este blog fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Canadá y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

Jessyka Gagnon

Madre, aventurera, amante de los animales, criminóloga

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