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«A mi hijo se le ha roto un diente, ¿qué hago?»

  • Publicado en Salud

Trucos como guardarlo en leche fría antes de ir rápido al dentista, pueden salvar la pieza y ahorrar más de un disgusto.

En el patio del colegio, en un partido de fútbol, en los columpios, subiendo unas escaleras, patinando... Son muchos los escenarios en los que es posible que un mal golpe dé de lleno sobre un diente partiéndolo. Según los expertos, los pequeños entre 8 y 10 años, y niños más que niñas, son los que más acuden a consulta por este problema.

Cuando el niño es más pequeño, las madres suspiran con un «¡menos mal que es de leche, ya le crecerá el nuevo». Pero aún así hay que tener en cuenta una serie de precauciones para que la pieza afectada pueda salvarse en la medida de lo posible y estar en las mejores condiciones.

Jorge Ferrús, periodontista implantólogo de la Clínica Ferrus & Bratos, explica que al quedar el hueco libre del diente de leche que se ha caído puede ocurrir que el resto de piezas tiendan a juntarse para cerrar ese espacio que ha quedado vacio. «Si se diera este caso y faltaran, al menos, entre dos o tres años para que saliera el nuevo diente, se solucionaría colocando un aparatito con un diente de quita y pon o fijo hasta que empiece a crecer el nuevo diente».

Contrarreloj para salvar el diente

 

Caso bien distinto es si la pieza dañada, normalmente un incisivo —los llamados «paletos»—, es un diente definitivo. Desde el momento en que se rompe empieza una contrarreloj para salvarlo. Si se actúa antes de que pasen cuatro horas, y mejor que sea durante los primeros 60 minutos, hay muchas posibilidades de que el diente roto vuelva a ser viable.

«Si se trata de un diente avulsionado —es decir, que se ha salido completamente de su alojamiento en el hueso, de su alveolo—, se debe buscar de inmediato y, al cogerlo, no tocar la raíz del mismo, sino agarrarlo por la parte de la corona. Posteriormente —prosigue Jorge Ferrús— debe introducirse, sin lavarlo, en un vaso de leche fría de la nevera, que esté a unos 4 grados, y acudir inmediatamente al dentista».

Allí este profesional pondrá anestesia local al niño e intentará reimplantar el diente introduciendo la raíz de nuevo en el alveolo y fijándolo a los dientes vecinos con «composite», que posteriormente se retirará. «De esta manera —explica Jorge Ferrús— aumentan considerablemente las posibilidades de que el diente recupere el riego sanguíneo, vuelva a ser útil y dure muchos años, o toda la vida, en su sitio».

Atención si cambia de color

Añade que, posteriormente, hay que observar, durante un periodo de dos meses, que la encía va poco a poco desinflamándose y que el diente no cambia de color hacia un tono grisáceo. «Si, en el peor de los casos, la pieza cambia su color es señal de que ha sufrido una necrosis, no tiene riego sanguíneo. En ese caso, se debe realizar una endodoncia».

No obstante, este especialista matiza que hasta que el niño no cumple 18 años no se le puede realizar un implante, o poner un diente de titanio, porque es necesario esperar a que crezca el hueso facial. Hasta ese momento llevaría un diente provisional.

Pero si en vez del diente entero, sólo se ha roto una parte de él, no es urgente llevar al niño a toda prisa al dentista. Si el trozo desprendido es grande conviene guardarlo «porque es posible que se pueda unir al diente y siempre quedará más estético —apunta el doctor Ferrús—. En el caso de que no se pueda unir también puede ser de utilidad para tomar las muestras de color. El trocito se reconstruye con «composite» o, en su caso, con carillas de porcelana», concluye este especialista.

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La vida social después de tener hijos

Los amigos son para toda la vida, no solo para antes del parto.

Las amistades cambian durante las diferentes etapas de la vida. Tenemos amigos de la infancia y después empezamos el instituto y hacemos nuevos amigos. Algunas amistades nos acompañan durante años mientras que otras caen en cuanto nos descuidamos. Hay amistades que sobreviven a los momentos más duros y que se mantienen constantes e inquebrantables en la ecuación de nuestra turbulenta línea temporal. Por lo menos, hasta que se tienen hijos...

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perder amistades cuando se tiene un hijo

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perder amistades cuando se tiene pareja

perder amistades cuando se tiene éxito...

Parece que no soy el único.

Los amigos preparto

Antes del nacimiento de un bebé, casi todo se basa en la libertad. En que se puede salir sin prepararlo con mucha antelación o en que se pueden coger unos días de vacaciones en el último momento porque no hay que estar pendiente de cuidar a ninguna criatura que llora, babea y caga y a la que se quiere con locura.

A no ser que se acabe de adoptar un cachorrito, ¡pero que nadie me diga que es lo mismo!

Tus amigos sabrán que eres socialmente fiable, que perteneces a su círculo más cercano. Que estarás ahí en cada quedada, sea cuando sea. Que no eres de esas personas que inspiran poca confianza y que cancelan un plan en el último segundo con una excusa poco creíble.

Por lo menos, hasta que tengas hijos...

Todo empieza con el embarazo

Kate y yo nos dimos cuenta de varias cosas cuando contamos que íbamos a tener un bebé. Nuestros amigos publicaban en las redes sociales dónde estaban y las cosas que hacían mientras nosotros nos quedábamos sentados en casa y enfurruñados por haber sido excluidos. Porque hacían cosas a las que siempre nos invitaban: la única diferencia que había es que ahora estábamos esperando un bebé. Dolor.

Daban por hecho que Kate no podía beber y que ahora éramos como ese amigo irritante que todos hemos tenido en algún punto de nuestras vidas que, de la noche a la mañana, es vegano. Chicos, seguimos siendo los mismos; ella no se puede emborrachar, pero seguimos siendo nosotros.

Las expectativas prenatales

Al ser la primera pareja del grupo en pasar por un embarazo, a nuestros amigos les costaba sentirse identificados con nosotros. Después de los primeros "ay, dios mío" y de los "¿habéis pensado ya en algún nombre?" nos veíamos sumidos en silencios incómodos que llenábamos con expresiones como "mira qué bien" o "vaya...".

Y por eso estábamos tan entusiasmados con las clases prenatales a las que nos habíamos apuntado. Porque podríamos conocer a parejas que nos entendieran porque estuvieran pasando por un embarazo al mismo tiempo que nosotros. Podría establecer lazos con otros padres mediante chistes malos y anécdotas relacionadas con las hormonas y los cambios de humor.

¡Qué equivocados estábamos!

Llegamos a la primera sesión y nos encontramos con una sala llena de los clásicos estereotipos. Resumiendo, allí estaban:

- La madre veterana. Habían pasado 12 años desde su último embarazo y quería recapitular. De vez en cuando se dirigía al resto de la clase para compartir su experiencia. Cada dos por tres empezaba con un "pues con mi primer hijo...". Los suspiros y los resoplidos se inventaron para ese tipo de momentos.

- La pareja joven obligada a asistir a las clases por los futuros abuelos. Ella tendría unos 17 años y él iba ataviado con el uniforme completo de poligonero y se pasaba las sesiones con una mano dentro del bolsillo del pantalón de chándal y la otra pegada al móvil.

- La madre hippie. Muy fan de la meditación y de las velas durante el parto. Me encantaría saber cómo salió todo al final, pero creo que a nosotros no nos habría funcionado.

Y luego estaba Nick

Nick era un imbécil. No necesité más de cuatro segundos para darme cuenta; me bastó con verle sentado, con su traje caro, las piernas cruzadas y los brazos apoyados en el respaldo de la silla de al lado. Me propuse comprobar qué marca de coche tenía. Si resultaba ser BMW, pararíamos a tomarnos una cerveza antes de volver a casa, de premio.

Nick se reía disimuladamente y luego pedía perdón cada vez que se mencionaban las palabras "vagina" o "pecho" (que era bastante a menudo), y, cuando llegó el momento de consultar dudas, preguntó si podía meter un pack de cuatro cervezas al paritorio. Pues no, Nick. Ridículo, que eres un ridículo. Por este tipo de cosas te llamamos Nick Casi Descerebrado. Y su mujer, Nic (en serio, se llama así), ponía los ojos en blanco con cada una de las intervenciones de su marido, como si de un niño irritable se tratara, cosa que parecía animarlo más aún.

Después de la clase, fue directo a su coche. Parecía un pingüino que estuviera intentando imitar a uno de los raperos del grupo NWA. Y tenía un BMW, ¡lo sabía! Y además había ocupado dos plazas al aparcar. Y probablemente se acostara con su secretaria antes de que su hijo llegara a cumplir un mes.

La vida después del parto

Aquí me quejo de que no tengo vida social después de ser padre, pero cuando salgo lo único que hago es un esfuerzo por no estar constantemente balbuceando sobre Evelyn y sobre la paternidad. Me escucho y me aburro a mí mismo a mitad de la frase, pero siempre sigo hablando hasta llegar a un final decepcionante. Es bastante incómodo. La verdad es que la paternidad me parece emocionante, pero sé por experiencia que a poca gente le va a importar la última monería de mi hija.

hombre

Lo que estoy contando es interesante, ¿no? ¿NO?

Retomé el contacto con un amigo de la universidad cuando Kathryn se quedó embarazada (porque una galletita de la suerte me animó a hacerlo, en serio). Poco después, este amigo me contó que su mujer también se había quedado embarazada. ¡Perfecto! Ahora podría presenciar el hundimiento social desde la elegancia de la perspectiva en tercera persona.

Desde entonces, tenemos una relación muy cercana. Recuerdo que una vez me llamó a medianoche para hablar sobre lactancia y sobre dar el pecho. Ya habíamos hablado de pechos antes, sí, pero esto era llevarlo a otro nivel.

Seamos amigos, señor padre

He tenido oportunidad de hacerme amigo de otros padres desde que me convertí en uno de ellos. Normalmente, estas oportunidades se presentan en forma de situación social incómoda disfrazada de fiesta de cumpleaños infantil en la que los niños corren y juegan y los adultos se quedan ahí plantados con una sonrisa estúpida en la cara mientras piensan "mierda, socializa antes de que la situación se vuelva más incómoda".

Rompí el hielo y me puse a hablar con otro padre en una de estas fiestas. Sobre Evelyn y sobre su hija. Probamos con el tema del mercado inmobiliario, pero eso nos llevó a hablar de nuestras propias casas, de la decoración de las habitaciones de las niñas y -como era de esperar- de nuestras hijas. Hay que jorobarse.

Mi búsqueda de una vida social continúa...

Este post fue publicado originalmente en la edición de Reino Unido de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Lara Eleno Romero.

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Importancia de las rutinas para los niños

 

Todos los niños necesitan tener rutinas. Mantenerlas y respetarlas es la mejor manera para que sientan seguridad. 

Como padres podemos observar los ciclos del organismo de los niños y aprovecharlos para establecer e implementar actividades que repetidas en forma consistente, permitirán establecer rutinas que sean fácilmente reconocidas y aceptadas por el niño.  Aún desde cuando están bebes, podemos empezar a implementar estas rutinas, como por ejemplo, que hay una hora para el baño, ya sea en el día o en la noche; de esta manera, aprenden a distinguir el día de la noche, igualmente estableciendo una hora para conciliar el sueño. Cuando son muy bebes duermen varias veces, solo despertando cuando el organismo requiere alimentarse, en la medida que van creciendo, y empiezan a incorporarse otras actividades, podemos ir estableciendo la rutina para dormir.

Al establecer las rutinas estamos dando estructura a los niños. El psicólogo Rudolf Driekurs resume él porqué debemos establecer rutinas en la vida de los hijos: “La rutina diaria es para los niños lo que las paredes son para una casa; les da fronteras y dimensiona su vida. Ningún niño se siente cómodo en una situación en la que no sabe qué esperar. La rutina le da sensación de seguridad”.

Los niños pequeños aprenden esas rutinas de sueño, comida, baño y salidas, sabiendo que esperar.

Para el sueño, los niños deben hacer las siestas en un lugar que no sea su camita, para que aprenda a reconocer cuando va a dormir de noche, que es en su cama o en su cuna. De la misma forma, aprende a distinguir el día de la noche.

Para la comida, estas deben darse siempre a las mismas horas y en el mismo lugar.

Para el baño, si es de noche, antes de dormir, sabrá que cuando su cuerpo hace contacto con el agua fresca o tibia, reconocerá que después viene el sueño.

Es a usted como padre o madre, a quien más beneficiará establecer las rutinas, porque le ayudará a organizar las actividades y de esta forma estará más relajad@ en cuanto a los cuidados de sus hijos.

Las rutinas deben ser sencillas y es posible enriquecerlas con rituales que le permitan interiorizar cada uno de los pasos. Pero cuidado, si estos son muy complicados o largos, el efecto de la rutina se puede perder.

También es vital que los padres sean constantes a la hora de implementar dichas rutinas. Además de lograr acuerdos para que todos los miembros de la familia realicen las rutinas de la misma manera. Todo esto hará que la vida familiar sea más armoniosa y que no haya tantas discusiones o desacuerdos en el proceso de crianza.

Lic. Luz Marina Cortazar

Psicologa Clinica – Terapeuta Familiar y de Pareja, MA.

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