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Inculcando la tolerancia

Inculcando la tolerancia

Observe a su alrededor y notará la existencia de personas que son incapaces de tolerar la más mínima molestia, contratiempo o demora en la satisfacción de sus deseos y fácilmente se muestran irritadas, ansiosas o derrotadas. No soportan que las cosas no salgan como ellas quieren. Cometer un error es algo terrible y proyectan la idea de que sus deseos y necesidades están por encima de las de los demás. Estos individuos han crecido con escasa tolerancia a la frustración.

 

La capacidad para sobreponerse y manejar situaciones adversas es una habilidad que se adquiere con los años y va asociada al grado de madurez en las diferentes etapas de la vida. En los niños más pequeños, por ejemplo, la demanda de satisfacción inmediata tiene que ver con necesidades básicas como alimentación, sueño e higiene y a medida que crecen se espera que logren posponer algunos de sus deseos y se adapten a cierta rutina estructurada por los padres que los ayuda a organizarse internamente.

Esto sólo será posible si disponen de un contexto organizado donde reciban los límites necesarios que les permitan asumir las reglas simples en la casa desde temprana edad, proporcionándoles una sensación de seguridad y estabilidad importante para su desarrollo emocional. Pero no siempre ocurre así. Algunos niños, cuando sus deseos no son complacidos de manera inmediata, lloran, patalean, hacen berrinches o simplemente se aíslan con una mala cara.

En el contexto escolar adoptan una postura negativa y resistente al trabajo, confrontando abiertamente la autoridad del maestro, expresando su rabia pegando, arrojando cosas o encerrándose en sí mismos.

La baja tolerancia a la frustración manifiesta en el niño una excesiva sensibilidad hacia a todo aquello que se escapa a su control. Es como si su seguridad personal e identidad dependiera de “ganar” estas pequeñas batallas. Existe y es reconocido en la medida que puede lograr que sus deseos sean complacidos. De algún modo, este niño o niña a aprendido a usar las emociones de forma distorsionada. En estos niños, la manifestación de mal humor, ansiedad, tristeza o queja les han servido como herramientas útiles para lograr sus objetivos. Esta pauta comunicacional puede ser sólo un mal hábito recurrente o puede ser un síntoma de una condición más severa no diagnosticada.

En ambos casos, la instalación de este repertorio de conducta depende en gran medida de las respuestas e  intervenciones de las figuras de autoridad. Cuando el adulto ignora, refuerza, limita o modela determinados comportamientos en sus hijos, está participando de forma activa en su crianza, y es el punto de referencia sobre el modo adecuado de comportarse. Si bien influyen otros factores, como son las diferencias individuales, la etapa de desarrollo, las experiencias del pasado y aún el grado de madurez cognitiva, aquel factor, es sin duda, el más determinante en relación a un comportamiento hostil e intolerante.

¿Es su niño perfeccionista?

¿Tiene un horario demasiado repleto?

¿Puede el niño identificar su frustración?

¿Tiene oportunidades para obtener éxito de manera positiva?

¿Se le está exigiendo mucho o demasiado poco?

¿Son los padres incondicionales y evitadores de toda experiencia de frustración?

¿O, por el contrario, son una fuente continua de situaciones conflictivas y frustrantes?

Estas son algunas de las inquietudes que debemos responder.

 

La baja tolerancia a la frustración no es una condición irreversible y puede ser modificada si intervenimos determinantemente en los patrones de comunicación y de disciplina con nuestros hijos. Por ejemplo, hay algunas pautas que pueden resultar interesantes aplicar:

CUANDO SU HIJO ESTÉ fuera de control, no lo complazca, pare la conducta de inmediato y ponga límites corporales o cambie de lugar. Este no es un buen momento para sermonear.

SI LAS CIRCUNSTANCIAS lo permiten, ignore la conducta y luego aplique consecuencias lógicas. Ayúdelo a identificar su conducta y la motivación de ésta.

AL CORREGIR, asegúrese de hacer primero algún comentario positivo, luego hable con él sobre lo que ocurrió y llévelo a pensar en lo destructivo de su comportamiento, ayudándolo a pensar en formas alternativas de reaccionar.

ANIME TODA CONDUCTA que refleje independencia, colaboración y servicio a los demás.

ESTÉ ALERTA A comportamientos positivos para ser estimulados verbal y afectivamente.

REFLEJE SU malestar hacia el mal comportamiento, no hacia el niño.

MODELE usted mismo un comportamiento paciente y tolerante ante situaciones adversas.

El aprendizaje de manejar experiencias de frustración no se hace en un instante. Modificar hábitos amerita el tiempo suficiente para observar, identificar y actuar proactivamente.

El objetivo es encontrar la forma de que los niños usen su potencial para colaborar, obtener logros, ser responsables de sus actos, identificando las motivaciones y los valores que están detrás de su conducta. 

Esto sólo es posible si los padres “están ahí” y se convierten en mediadores que ayudan a sus hijos a interpretar estas realidades de forma apropiada, ayudándolos a entender que sus deseos no son el centro y que siempre habrán situaciones difíciles que sobrepasar.

La verdadera educación no se hace a distancia, necesitamos estar muy cerca para trabajar y transformar el corazón y la mente de nuestros hijos. Ciertamente, la conducta es sólo las ramas de un gran árbol con raíces muy profundas.

 

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